LA NACIÓN MARÍTIMA

 

... Y es que las leyes de la mar son normas no escritas cuyo obligado cumplimiento se basa en la palabra y en el honor. Un marino se entiende perfectamente con cualquier otro marino sea cual sea su país de origen. Podemos estar en un puerto sueco, italiano, turco, tunecino o cubano, y siempre encontraremos marinos con los que no nos hará falta ni siquiera hablar el mismo idioma para obtener la ayuda que necesitemos de ellos. Podemos pelearnos con ellos, pero al día siguiente, cuando nos haga falta alguna cosa para salir a navegar, allí estarán para ayudarnos, para ofrecernos su aceite lubricante, su correa del piloto o su derrotero de Baleares. Podemos considerar hermano a un señor al que conocimos hace dos días, y podemos llamarle dentro de quince años y allí estará para escucharnos. Eso lo sabe y lo siente cualquier marino, ¿porque? ¿a que se debe esta divina diferencia con la gente de tierra dispuesta a asesinar a su hermano por una simple cuestión de dinero o apariencias? En tierra uno puede fanfarronear de temporales inexistentes y dejar de saludar a un “amigo” haciendo ver que no le ha visto. En la Mar, en cambio, no vale jugar de farol. Las cosas son como son. Un temporal es un temporal y no podemos escabullirnos de él a base de mentiras o fanfarronadas. Cuando un barco aparece por el horizonte, ahí está, y le vemos evolucionar cruzándonos la proa o pasándonos por la popa. Las cosas se ven como son, y eso, a lo largo de los siglos, ha conformado una especial forma de ser y un sentimiento de hermandad análogo al de la nacionalidad. Sí, en efecto, creo que el marino se siente nacional de la mar al margen de la distribución nacional terrícola que le haya tocado vivir. Pocos son los terrícolas que apoyan a la mar y a los marinos, más aún, por lo general los terrícolas desconocen absolutamente la mar, y ese “peligroso” desconocimiento parece provocarles un miedo insuperable que les lleva a marginar, menospreciar o evitar todo aquello que sabe a mar, quien sabe si para evitar, de esa forma, el resurgimiento de ese constante sentimiento y tendencia histórica que, como respuesta a esa marginación que siempre sufrió la gente de mar, dio origen a esa brutal pero perfectamente organizada forma de anarquismo conocida como la “piratería”, cuya ocultada originalidad no se encuentra en los crímenes atribuidos sino en el hecho de no haberse sometido a más gobierno que el nacido de la democracia directa de las tripulaciones, ni a más ley que a la de la mar, y haber conseguido así un forzado pero indiscutible reconocimiento de su absoluto dominio del medio marino. Los países inteligentes apoyaron a esos dioses de la mar y les cubrieron de honores, y, de paso, se hicieron con el dominio del mundo. 

Hoy queda claro el rechazo a la violencia y a los comportamientos delictivos asimilados a la piratería, pero el sentimiento de hermandad se mantiene intacto desde el origen de los tiempos. La violencia ha dejado paso a una actitud de rebeldía en defensa de nuestra nación marítima, actitud que, contrariamente a su extraordinario potencial, se mantiene recluida en actitudes individuales de escasa trascendencia.

Decenas de veleros surcan diariamente los mares y océanos del mundo transportando esperanza en forma de medicamentos (p.ej. http://www.voilessansfrontieres.org), materia escolar, ropa, libros,... y esa labor se realiza bajo la mirada recelosa de las normativas aduaneras terrícolas.

Los aparatos de radio BLU a bordo de los barcos no permiten la comunicación con la red de radioaficionados. Los aparatos están capacitados para ello, pero la normativa internacional prohíbe esa posibilidad de comunicación y obliga a los fabricantes a bloquear las bandas de la radioafición. ¿Cual es la razón de peso que permite semejante barbaridad en términos de seguridad de la navegación?

Algunos puertos se convierten en grandes aparcamientos privados de motoras que nunca salen a la mar, olvidando que el refugio a los navegantes debe ser su fin principal. Son concesiones de Dominio Público que se olvidan del público que les concedió el dominio, convirtiéndose en grandes recaudadores de nuestra mar... ¡Esta lleno! Nos comunican por radio cuando venimos corriendo un temporal, cuando en realidad hay decenas de amarres libres con la única limitación para ocuparse que la de haber sido convertidos en “propiedad de Don”... Y es que a los terrícolas les gusta mucho la propiedad de las cosas, y la mar, nuestra mar, para ellos, es una cosa más.

Como éstos podríamos encontrar decenas de asuntos que nos interesan, y es precisamente el apuntado sentimiento de hermandad el que puede contribuir a que las cosas de la mar mejoren.

 

 

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